La incierta utilidad del conocimiento para enfrentar la crisis de Covid-19

Por Juan Manuel Garrido

La crisis de Covid-19 pone de manifiesto el alcance de la producción de conocimiento en nuestras vidas. El conocimiento está involucrado en el origen, el desarrollo y sin duda estará involucrado en la solución de este mal. La crisis sería completamente diferente si nuestro conocimiento sobre virus, células y sistema inmune, así como nuestra capacidad para generar, manipular e interpretar datos, no tuvieran el grado de desarrollo que hoy tienen. Para bien o para mal, nuestro conocimiento ha tenido un fuerte impacto en la toma de decisiones. Además, el virus parasitó el dispositivo tecno-económico global en que descansa la vida diaria del planeta, lo que en parte explica el ritmo y la lógica de su propagación. Finalmente, todo escenario plausible para superar la pandemia está relacionado con la investigación y el desarrollo. Es poco probable que la autoridad pida públicamente un milagro para superar el flagelo. Toda nuestra fe está colocada en la astucia técnica del ser humano.

El rol del conocimiento en la construcción del mundo no se mide por la preponderancia de las así llamadas "evidencias" científicas en la esfera pública. De hecho, desde hace varios años hemos venido presenciando, con desánimo, cómo las naciones más ricas y educadas ceden progresivamente ante el oscurantismo y la negación. La crisis de Covid-19, en algunos casos, ha acelerado esa tendencia. Muchos gobiernos niegan sin escrúpulos evidencia epidemiológica, del mismo modo en que negarían cualquier evidencia referida a temas en que el parámetro científico resultara incómodo política y económicamente. Sin embargo, ninguno de estos gobiernos se atrevería a dudar de que la solución al problema sanitario, político, económico y social que los aflige y que nos aflige a todos depende de una vacuna, si no de alguna inyección de desinfectante, o del uso de cloriquina. Una cosa es torcer la opinión pública con mentiras y denegaciones cada vez que las autoridades perciben que es factible y conveniente hacerlo. Otra muy distinta es dudar en serio de la única actividad que, en última instancia, garantiza sobrevivir, a saber, la I + D, actividad por lo demás altamente lucrativa, como seguramente saben varios oscurantistas denegadores de evidencias.

No entendemos, o ya no entendemos la vida humana como un don (natural o divino), sino como un objeto de producción. Los seres humanos entienden que deben asumir la responsabilidad de generar las condiciones necesarias para posibilitar su propia vida. La herramienta principal que los seres humanos han encontrado para cumplir esta tarea es la ciencia y la tecnología. Cuando se nos relata su origen, la modernidad suele ser representada como una liberación progresiva y laboriosa de la oscuridad propia de la heteronomía medieval. El programa de Bacon consiste en poner la ciencia al servicio del bienestar humano. En muchos sentidos, este programa sigue plenamente vigente. Será irrelevante que la ciencia termine engendrando monstruos: en la actualidad, no tiene competidores en su función de construir mundo.

Es dudoso que la ciencia y la tecnología efectivamente condujeran a un progreso o mejora en las condiciones de la vida humana. Pero es indudable que la producción de la vida humana se hizo completamente dependiente de la producción de conocimiento. Hemos llegado a un punto en que la ciencia y la tecnología no solo mejoran la vida humana, sino que simplemente las posibilitan. Alimentación, salud, vivienda, agua, energía, información... la vida no es viable ni sostenible sin mantener o aumentar el ritmo de la investigación y desarrollo. Como dice Gernot Böhme, en un libro titulado Al final de la época de Bacon, la ciencia y la tecnología nos habían prometido una mayor autonomía y una mayor libertad, pero acabaron conduciéndonos a la necesidad reinventar incesantemente nuevas formas de producir lo que antes podíamos simplemente “recibir" de la naturaleza.

La producción de vida por medio de la producción de conocimiento está lejos de ser guiada por las huellas de algún horizonte histórico compartido. Nuestra I+D no persigue la realización de algún destino común, tanto como la idea misma de "destino común" ha dejado de ser principio objetivo y eficiente para la acción individual y colectiva. La producción de la vida a través del conocimiento es la mera producción de los medios para no dejar de ser. En otras palabras, el fin de la vida o la vida como fin es, en realidad, la vida como medio. Nuestra vida, nuestra existencia no está consagrada a generar la posibilidad de algo que valoramos y consideramos, a su vez, como posible o imposible, sino a generar la posibilidad en sí misma como pura y simple posibilidad, independientemente de lo que nuestras decisiones y acciones terminen engendrando. La falta de propósitos para la producción de vida implica la incapacidad de asignar límites y definición a esta misma producción. Por lo tanto, podemos decir que la vida se ha convertido en una suerte de producción "infinita" o "ilimitada": la vida es la producción infinita o ilimitada de la posibilidad de no dejar de ser en la posibilidad infinita o ilimitada de dejar de ser. En palabras del filósofo francés Gérard Granel: “Ninguno de nosotros está preocupado por algo más apremiante que la producción de la posibilidad misma de vivir: la producción de esta posibilidad es lo que todos persiguen en su manera de vestir, su relación con el dinero, su práctica del deseo o su denegación, el estudio o la relación con el mundo, la militancia política o la desilusión, etc."

Se puede decir más. Hemos llegado a la desconcertante situación en que no hay mal que amenace nuestra vida, y contra el cual debamos desplegar nuestra iniciativa y creatividad científica y tecnológica, que no hubiere sido producido por la producción tecnocientífica misma de vida, es decir, producida exactamente por los mismos medios que posibilitan la vida. La ciencia y la tecnología producen una forma de vida amenazada por los riesgos incalculables que emanan de la misma producción tecnocientífica de vida. Durante la mayor parte del siglo XX pudimos relacionar los males que nos aquejaban con la perversión o falibilidad humana; hoy sabemos que las mejores intenciones, los mejores modelos y cálculos pueden tener las consecuencias más destructivas. Lo admitamos o no, ya no podemos confiar en nuestra iniciativa, en nuestra capacidad de iniciar mundos, de iniciar cosas en la historia.

El conocimiento contradice constantemente las intenciones que promueven su producción y transferencia. Los procesos de producción de conocimiento debidamente sistematizados a menudo fracasan en generar conocimiento útil. Una gran parte de estos procesos, quizás la mayor parte, o bien no logran producir conocimiento útil, o bien producen conocimiento útil en sentidos y modos imprevistos o para usos que no eran los esperados, en contextos que era imposible anticipar. El nuevo conocimiento no depende de los fines o intenciones con que lo generamos. Entre todos los tipos de producción humana, excepto quizás el arte, el conocimiento es el único en el que el fin es necesariamente desconocido al diseñar e implementar los procesos de su producción. Y si ya es difícil calcular el grado de utilidad de muchos conocimientos disponibles, lo es mucho más si consideramos conocimientos aún desconocidos. En otras palabras, la utilidad, inutilidad o nocividad del conocimiento siempre será un subproducto de su producción.

De ahí lo que podríamos llamar la aporía del conocimiento: por un lado, el conocimiento puede usarse en cualquier contexto y para cualquier propósito; es decir, ningún conocimiento puede impedir ser usado, para bien o para mal. Por otro lado, ningún conocimiento puede resultar de un proceso que lo hubiera preconcebido desde el inicio como un propósito. Lo desconocido que da ritmo y cauce a una investigación es completamente indiferente a las necesidades e incertidumbres vitales de los seres humanos, y las necesidades e incertidumbres vitales de los seres humanos son completamente ineficaces en la producción de conocimiento. En cierto sentido, depender del conocimiento implica depender de la capacidad de exponernos a lo desconocido. ¿Disponemos de conceptos para asimilar esta aporía? La espontánea y porfiada creencia de que los fines de la vida son materia de deliberación racional y que el conocimiento es un dócil medio de la vida, sugiere que no.

 

Referencias:

Conicyt PIA SOC180039

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