Ciencia como cultura y el Sur geopolítico

Por Natalia Hirmas, 02 de Octubre de 2019

El capítulo titulado "De la transferencia a la creatividad. Los papeles culturales de la ciencia en los países subdesarrollados y La cooperación científica internacional, la política y la negociación de la evaluación «experta»" interpela a los estándares de producción científica sustentados en la Concepción Intelectualista de Investigación, a la vez que propone seis componentes ideológicos para endogeneizar e incrementar la creatividad social en el ámbito de Ciencia y Tecnología. Así, nos invita a preguntarnos ¿Qué es lo cultural en la ciencia? ¿Hay un modelo de ciencia que es necesario implementar y cuidar? En estas implementaciones, ¿cuál es la relación entre transferencia y creatividad? A lo que el segundo capítulo referenciado agrega (i) la cuestión por los actores clave, las justificaciones y los intereses reunidos bajo las evaluaciones expertas en ciencias, (ii) el rol de la ciencia en asuntos político/diplomáticos y (iii) la pertinencia local de la cooperación científica internacional. A pesar de haber publicado el primer capítulo en 1985, la autora propone su vigencia ante situaciones que congrego en la siguiente pregunta: ¿es posible convertir a la ciencia en un proyecto de verdad universal, pero a la vez humanizada y resguardada de constituirse en un espacio de dominación cultural respecto a los “sistemas cognoscitivos de diferentes sociedades, culturas y grupos étnicos”?

 

Esta pregunta supone que la posibilidad de existencia de distintos sistemas cognoscitivos, diversidad que se contrapondría con las condiciones impuestas por la expansión capitalista, al traer consigo esta última supuestos universalistas (“la ciencia como espejo de la naturaleza”) y prácticas universalizantes – e.g. proveyendo de un reservorio de estructuras conceptuales prefabricadas para entender y actuar en el mundo moderno (Buck, 1981)-. Globalización y poder. Sin embargo, y en coherencia con una perspectiva etnográfica de las ciencias, la autora abre el juego para visibilizar los distintos actores y niveles que han co-participado de los procesos que tienden hacia transferencias desde fuera por sobre la participación creativa local.

Así, la autora habilita el terreno para su propuesta de seis componentes ideológicos, a saber: (i) desoccidentalizar/ europeizar la visión científica; (ii) asumir a la ciencia como cultura; (iii) la conversión desde “guardianes” a vectores tecnológicos locales de actores en posiciones de poder; (iv) el replanteo de antropología (y otras disciplinas científicas occidentales); (v) revalorar el sentido común local y (re)construcción de tradiciones; y (vi) fomentar la participación local en creación de tecnología.

 

Ahora bien, colocando esta vez la frontera entre los espacios público y privado, desde los estudios de Política Educativa, Ball y Youdell (2007) relevan cómo los procesos de privatización educativa pueden darse de modo no sólo exógena (vinculado al rol de compañías privadas), sino también endógena (introduciendo mediante distintas estrategias la lógica privada en el sistema público). Este elemento nos invita a complementar la mochila de ruta con resguardos para no resbalar por pendientes ya conocidas en el sur geopolítico del conocimiento: requerimos avanzar desde la participación de las zonas del no-ser (Fanon) hacia asegurar la participación legítima de sus epistemes (Santos, 2010), así como la libre deliberación de los grupos respecto a los fines de los usos de las ciencias y las tecnologías: en palabras de la autora, “aquello genuinamente valioso en la vida, y cómo lograrlo”.

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