Ursula Klein y el origen del conocimiento útil en Europa

Por Juan Manuel Garrido Wainer, junio 2020

Ursula Klein, del Instituto Max Planck para la Historia de la Ciencia en Berlín, y profesora de la Universidad de Constanza, es una reconocida historiadora de la química moderna. En su libro Conocimiento útil. La invención de las ciencias tecnológicas, traza la historia de la instalación académica de las ingenierías en Alemania desde mediados del siglo 18 hasta mediados del siglo 19. Sugiere que esta historia constituye un antecedente relevante para entender nuestra ciencia (o tecnociencia) contemporánea, y la función y el sentido que nuestras sociedades le asignan a la investigación, el desarrollo y la innovación. 

La institucionalización académica de las ciencias tecnológicas, o ingenierías, no tiene un origen simple. No se origina ni -simplemente- en la figura de los inventores o constructores que encarnan valores de la burguesía capitalista proto-industrial, ni, tampoco, en una ciencia teórica que decide comenzar a bajar de su abstracción para aplicarse al mundo concreto y particular. Se trata, más bien, de una suerte de híbrido de ambas. Las ingenierías o ciencias tecnológicas combinan el saber acerca de las cosas (la “ciencia”) y el saber hacer o saber transformar las cosas (las “tecnologías”). Junta de manera indisoluble los saberes básicos o fundamentales y los saberes aplicados. Los junta, los articula, pero no los confunde, ni reduce los unos a los otros, y por lo tanto no genera en los investigadores la ansiedad por disociar una supuesta “ciencia pura” de su “aplicación”, como frecuentemente ocurrirá desde la guerra fría. Asimismo, el experto, más que un tecnócrata, es un híbrido donde conviven el científico y el técnico.

La autora reconoce que hoy la diversidad de instituciones científicas y tecnológicas trasciende al ámbito académico y docto de las sociedades científicas, las agencias y comisiones de la Europea moderna. Las instituciones actuales permean de forma más natural la industria y el comercio. Es cierto también -señala- que hoy existe margen político y moral para sincerar misiones que no proclamen al bien común y la utilidad pública como únicos o prioritarios. Sin embargo, nuestra institucionalidad científica y tecnológica -defiende la autora- sigue siendo de la misma especie que la que se instala hace dos siglos y medio con las híbridas ingenierías. Para narrar esta historia, la autora toma como prototipo o escena originaria la Academia de Minas de Freiberg, fundada en 1765. Esta academia tuvo becarios ilustres como Novalis y Alexander von Humboldt (a quien Klein le dedica una monografía publicada en 2015: Humboldts Preußen. Wissenschaft und Technik im Aufbruch). El relato se centra en las instituciones y sus ideólogos, fundadores y directores, así como en el perfil de los profesores y las actividades curriculares. Por ejemplo, se describe cómo el trabajo del cuerpo y de la mente se distribuye equitativamente en jornadas extenuantes que combinan ciencias básicas (matemática, química, geología) y la construcción y manejo de instrumentos en terreno. La primera parte del libro se enfoca en los personajes y la segunda en los lugares, como la Real Academia de Prusia y la Universidad de Berlin. Este libro compendia muchos datos precisos y novedosos, y su lectura será muy provechosa para quienes se interesan en el arte, la ciencia y la filosofía de la ilustración y del siglo diecinueve alemanes. 

El concepto central del libro, incluido en su título y analizado en la tercera parte, es el de “conocimiento útil”. La referencia aludida es, naturalmente, el programa de Francis Bacon. La idea de Bacon es que la actividad científica se puede y debe organizar tanto metodológica como institucionalmente en función de mejorar las condiciones de vida del ser humano. Historiadores como Margaret Jacobs y Joel Mokyr han estudiado en detalle la influencia que tuvo la revolución científica del Renacimiento, la ciencia newtoniana y esta concepción (a la vez política y epistemológica) del conocimiento útil en la industrialización europea del siglo 19. Hoy ninguna transformación económica o social nos parece concebible sin transferencia de conocimientos, innovación científica y tecnología. 

La autora interpreta la idea de “conocimiento útil” como un concepto no menos híbrido que el de ingeniería (o “ciencia tecnológica”). En ese sentido, el conocimiento útil de Bacon debe distinguirse de uno puramente teórico o especulativo. Es muy cierto que a Bacon le interesaba transformar una concepción heredada de ciencia que oscila entre dos extremos aparentemente irreconciliables: la especulación estéril acerca de principios y leyes, por una parte, y, por otra parte, el bricolaje de inventores y constructores con conocimientos poco sistematizados de hidráulica, balística o alquimia. No hay nada de malo, enrostra Bacon a la primera, que la verdad, además de ser contemplada, sea usada; y no hay nada de malo, enseña a los segundos, que la invención se adapte a un curso diseñado metódicamente.

Sin embargo, me parece que la historia que narra Klein de la instalación de las academias de ingeniería y las reformas en educación superior, de la institucionalización de estrategias para propiciar la externalización (spillover effect) de habilidades y conocimientos científicos en la industria y el comercio, supone recurrir a una idea de “conocimiento útil” que quizás no existe, tal cual, en el programa de Bacon. Lo que por cierto no perjudica en lo más mínimo la narración y argumentación de la autora. Pero sí, quizás, nos hace pasar por alto una oportunidad valiosa cuando nos preguntamos por el sentido y función del conocimiento útil en nuestra sociedad. En Bacon, un conocimiento no requiere ser pensado junto con su aplicación para ser considerado “útil”. Para Bacon, la verdad misma, o el conocimiento verdadero, es útil. Es el conocimiento verdadero de las causas lo que permite el control práctico confiable de los efectos. Es el conocimiento acerca de la composición de los materiales el que permite su manipulación y transformación. No necesita concebirse híbrido, aplicado, para concebirse útil. Quizás, entonces, subsiste en Bacon una idea por recuperar o reinventar: que la sociedad también se beneficia, y mucho, al organizar la producción de conocimiento de tal manera que la actividad científica y tecnológica tenga la oportunidad de dejarse seducir por preguntas inútiles. ¿Acaso no lo sugiere así, por ejemplo, la (híbrida) historia del cálculo, de la que Klein no habla, a pesar de haber determinado la investigación en matemática “pura” durante el siglo diecinueve alemán, con efectos sin precedentes en la historia de nuestro planeta?

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