La etnografía en el laboratorio

Sobre La vida en el laboratorio (1979/1986)

Por Gonzalo Aguirre Orellana, junio 2020

Con “La vida en el laboratorio”, Bruno Latour y Steve Woolgar inauguran los “estudios de laboratorio”, enfocados en la ciencia en tanto proceso de producción, situada en configuraciones espaciales y temporales concretas. Los autores estudian a los científicos de un laboratorio de biología, famoso por el descubrimiento, unos años antes del estudio que da lugar al libro, de la naturaleza péptida de la sustancia TRF(H).

Un primer aporte de esta obra, y quizá el más general e influyente, fue desafiar la representación clásica de la ciencia, como una práctica esencialista, objetiva y racional. Los autores quisieron mostrar que la construcción de hechos científicos no es un proceso lineal, en que la realidad es descubierta por una racionalidad autónoma, instanciada por los científicos. Por el contrario, los hechos científicos son resultados de un proceso lento, que mezcla factores sociales y técnicos, agencias humanas y no humanas. Desde un punto de vista disciplinar, esta idea se presentó como una crítica a la llamada “primera ola” (Holmes & Evans, 2002) de la sociología de la ciencia, interesada en la ciencia como institución, sus factores organizacionales, económicos y políticos. Latour y Woolgar definieron esta perspectiva como una mirada “macro” sobre la ciencia, es decir, una mirada que desprecia el contenido práctico y la dimensión técnica del quehacer científico. Metodológicamente, Latour y Woolgar recurren a una perspectiva más antropológica, al emplear la etnografía como método clave para penetrar e indagar en la producción científica. De este modo, mediante la observación etnográfica, el análisis de documentos, entrevistas y reconstrucciones históricas, los autores retrataron los diversos factores involucrados en el proceso lento de la construcción de hechos científicos.

El relato de La vida en el laboratorio se organiza en seis capítulos. Para empezar a develar la mística de la ciencia, en el capítulo 1 los autores plantean que es necesario observar atentamente las prácticas cotidianas que originan hechos científicos, en el contexto mismo en que emergen. Un hecho científico es un producto artesanal, construido lentamente en el laboratorio. Cada laboratorio es, entonces, una forma particular de organizar acciones, instrumentos, agencias humanas y no-humanas para generar objetos, de modo similar a una línea de producción industrial. Lo esencial del trabajo científico es exponer una parte de esta organización (la parte técnica) y ocultar la otra (la parte social o humana). El método y los instrumentos permiten ocultar la operación que origina un hecho. La relación entre los objetos del laboratorio y sus mecanismos de representación se vuelve un punto de fricción para los científicos, quienes creen que develar lo humano de su práctica puede ser peligroso, porque puede ser una fuente de deslegitimación para su trabajo. Para los autores, en cambio, la diferencia entre los factores instrumentales y los humanos en la producción científica es relevante, en tanto “la lógica interna del razonamiento científico se desmorona por factores sociales” (p.28). Lo humano cumple un rol fundamental en la producción científica. A pesar de la precaución de los autores, sus reflexiones sobre la ciencia en tanto “construcción” alimentaron preguntas peligrosas, que rápidamente condujeron a diversas posturas relativistas, que pusieron en el centro del debate una pregunta ya imperecedera: ¿es la realidad científica sólo un producto social? En la segunda edición del libro, los autores quisieron moderar el ánimo relativista de su tesis, quitando la palabra “social” del título original del libro. Sin embargo, un hecho innegable es que los fantasmas del relativismo, atizados por el carácter ficcional de la actividad científica, mantuvieron su presencia a lo largo de la obra, y podrían incluso rastrearse a estudios de laboratorio posteriores (Knorr-Cetina, 1995). 

Los capítulos 2 y 3 generan una tensión metodológica que no acabará de resolverse. Mientras el segundo capítulo es etnográfico y posee un lenguaje analítico y descriptivo, el tercero es histórico y se torna más explicativo. En su conjunto, apelan a comprender los hechos que dieron forma al laboratorio. Aunque la etnografía es la punta del cincel con que los autores deconstruyen la labor científica en contexto, resulta llamativo que ninguno de estos capítulos – fundamentales para dar un sentido situado a su argumentación – no sea etnográfico. ¿Es posible observar la construcción de un hecho situándonos solo en el laboratorio, tanto espacial como temporalmente? Si bien sus descripciones etnográficas se enfocan en la producción de enunciados, estos procesos aparecen aquí en términos generales y abstractos, al punto que todo parece reunirse y resolverse bajo la etiqueta de “inscripciones”. Por ello, los autores parecen obligados a recurrir a la historia para dar cuenta de la producción social de un hecho concreto (el TRF(H)), pese a que ellos mismos la entienden como una herramienta ficcional y meramente narrativa.

Vale detenerse, entonces, en el capítulo 2, para entender un poco mejor las tensiones que aquí se ponen en juego. Este nos presenta la figura del “Observador”, quien estudia la “tribu” de los científicos del laboratorio. Esta figura tensiona uno de los factores fundamentales de la etnografía. Tal como un científico invoca instrumentos y normas para convencer sobre la realidad que propone, el etnógrafo parece necesitar valerse de descripciones y herramientas conceptuales para persuadir a su lector sobre la veracidad de las experiencias del investigador. En este sentido, el Observador trae a escena la cotidianeidad pero deja de lado el “estar ahí” clásico de la etnografía, para generar una versión aumentada de la vida del laboratorio, bajo la “rareza antropológica”. La opacidad del Observador, que inviste el proceso productivo de los autores, podría corresponder a lo que posteriormente Woolgar (1991) conceptualiza como la necesidad de los estudios sociales de emplear cualquier medio que permita ser “más duros” que la dureza de las construcciones científicas, con tal de deconstruirlas. Con esta distancia, los autores enuncian uno de los puntos centrales de su argumentación: las inscripciones. Mediante instrumentos y acciones, el laboratorio permite transformar diferentes “materias primas” (sustancias, seres vivos, teorías, técnicas) en dibujos o textos que los científicos luego interpretan e intercambian. Este argumento sostiene que el trabajo de los científicos consiste en producir enunciados y convencer a otros sobre su factibilidad. Si la empresa tiene éxito, ha nacido un nuevo hecho, que puede ser trasladado fuera del laboratorio y aplicado de forma instrumental en otras configuraciones; para aplicar el TRF(H) no es necesario volver a procesar una tonelada de cerebros de animales. Así, el verdadero hecho científico es la inscripción y el laboratorio no es más que una máquina de inscripciones. En esta caracterización, la labor del científico existe en un “campo agonístico” – en palabras tomadas de Bourdieu –, en que se negocian al menos dos cosas: primero, que sus enunciados tienen relación directa con una realidad dada de antemano y, segundo, que nadie ha sido convencido en ningún momento.

En el capítulo 4, los autores introducen la idea de “micro-procesos” del laboratorio, para explicar cómo se producen los enunciados científico. Estos micro-procesos son conversaciones, argumentaciones y procesos colaborativos de pensamiento. Con ello, los autores muestran que el carácter lógico de la ciencia deriva de negociaciones, evaluaciones y normatividades, es decir, prácticas interpretativas socialmente construidas. Las conversaciones cotidianas, por ejemplo, portan enunciados que disputan y negocian la factibilidad de los hechos. Estos enunciados no solo emplean la lógica para argumentar, sino también cálculos racionales, intereses y valoraciones personales sobre la reputación de otros. De esta manera, los autores muestran que el origen de ideas “geniales” de los científicos no se encuentra en un “interior”, sino en el mismo campo social en que el proceso de pensamiento se desenvuelve en el medio de micro-procesos socio-técnicos e incluso artesanales.

El capítulo 5 aborda la individualidad de los científicos para comprender qué es lo que motiva y justifica su actuar. Aquí, se presenta el ya famoso concepto de “crédito”, que los autores descubren como un término común en las conversaciones cotidianas del laboratorio. En primera instancia, el crédito puede referir a una forma particular de reconocimiento o de recompensa. Esto, empero, no es suficiente para describir la racionalidad de los participantes del laboratorio. Crédito es también una forma de evaluar la credibilidad del autor y de su producción, una forma de capital – dicho una vez más con los términos de Bourdieu –  que se juega en un campo. En este sentido, los científicos buscan mejorar su posición en el campo mediante inversiones, que transforman una forma de capital en otra en un proceso cíclico. Así, un enunciado exitoso, por ejemplo, permite abrir redes y las redes permiten conseguir nueva información, recursos económicos y materiales, mejores puestos de trabajo, etc. En suma, el crédito como credibilidad hace que un científico mejore en la tarea de producir objetos reales y avalados por una comunidad científica. Con la noción de crédito, los autores pueden también explicar y conectar los distintos niveles de la actividad del laboratorio. Los científicos invierten en las carreras y enunciados de otros, tomando decisiones que incorporan tanto los intereses personales de cada uno como el contexto más amplio del campo científico (por ejemplo, la especialidad de los laboratorios y los bienes más valorados en el mercado de productos científicos). El crédito motiva nuevamente la pregunta por la construcción de los hechos científicos: ¿el sentido común cambia cuando se invierte un capital suficientemente grande? ¿Los hechos científicos son producto de las decisiones racionales de los sujetos que perciben y participan en el campo? En mi opinión, Latour y Woolgar no se hacen completamente cargo de estas repercusiones sobre el entramado de saber y poder que es la ciencia. Deconstruimos el conocimiento y desafiamos el poder, ¿y ahora qué? Este vacío es una incomodidad constante, que heredamos de esta obra, al hablar sobre la construcción de los hechos científicos.

En el capítulo 6, el último del libro, los autores desarrollan un concepto que apuntala los últimos detalles de su imagen del laboratorio: orden a partir del desorden. Es el desorden, comprendido como un flujo indeterminado y constante de datos, la norma en la labor de los científicos. El orden es algo a construir. Los instrumentos de inscripción, como mecanismos de producción de orden, deben su estabilidad al trabajo rutinizado del laboratorio. Sin el procedimiento estandarizado, no es posible que un patrón emerja entre el caos de datos alternativos. Un laboratorio opera reduciendo explicaciones alternativas, haciendo que ciertas señales destaquen por sobre el “ruido” de fondo. Los científicos toman decisiones constantemente: ¿qué se debe considerar como un dato relevante? ¿Qué debe volver a fundirse con el ruido? Ya en el capítulo 3 los autores ilustraron la forma en que la reducción de alternativas se lleva a cabo en relación con un contexto social, mediante la reconstrucción de las decisiones y las estrategias por los cuáles los científicos lograron eliminar explicaciones alternativas, propias y de la competencia, hasta obtener un resultado con buenas probabilidades de éxito. El último aporte de la obra es probar que la ciencia puede ser estudiada científicamente, desarrollando una perspectiva simétrica entre las ciencias sociales y las naturales, en que las explicaciones de ambos mundos no son opuestas sino alternativas de igual valor. La diferencia entre las representaciones surge de las “inversiones” y los instrumentos de cada disciplina, no en la esencia de su labor.

Finalmente, el valor de este libro, publicado hace ya más de 30 años, es innovar en el estudio de las ciencias con una batería metodológica y conceptual radical para su momento histórico; podríamos decir que “abren la caja negra” (Woolgar, 1991). Personalmente, creo que una lectura más contemporánea de la obra debería reflexionar sobre su carácter etnográfico y la universalidad de sus representaciones. Primero, ¿qué es la “vida” en la vida en el laboratorio? Una etnografía es, en mi opinión, el ejercicio de experimentar un mundo local con el fin de describir una forma de vida, entendida como el cruce de dos coordenadas: la biológica y la cultural, o la biológica y la histórica. En la obra, la parte “cultural” del laboratorio está muy bien lograda, la parte biológica (su “pathos”) requiere más profundización. La vida en el laboratorio para Latour y Woolgar es un proceso productivo, construido analíticamente para ser más explicativo que descriptivo. Esto se agudiza en los capítulos 4 y 5: El Observador baja hasta la individualidad de los científicos, pero no se sumerge de lleno en su subjetividad. Tras 30 años de publicación, la obra puede llevar al lector a reflexionar sobre la forma más adecuada de dar cuenta de las “formas de vida” que habitan el laboratorio. Por último, pensando desde un contexto tan alejado del laboratorio estudiado por Latour y Woolgar, es necesario reflexionar sobre la aplicabilidad de sus construcciones en laboratorios de países en desarrollo ¿Cuentan los laboratorios de Chile, por ejemplo, con suficiente “crédito” como para producir verdad al nivel descrito en el libro? ¿Hay recursos suficientes como para procesar una tonelada de cerebros de animales? Me atrevo a pensar que, al menos en la mayor parte de los casos, la respuesta a estas preguntas es negativa. Una vez establecidos ciertos patrones comunes a las prácticas científicas (lo que puede corresponder a una nueva “caja negra”), resultaría interesante indagar en la particularidad de cada laboratorio y la forma en que se hace ciencia efectiva y verdadera, en configuraciones alejadas de los centros globales de la producción de conocimiento.

Referencias

  • Holmes, H. M., & Evans, R. (2002). The Third Wave of Science Studies: Studies of Expertise and Experience. Social Studies of Science, 32(2), 235-296.

  • Knorr-Cetina, K. (1995). Laboratory Studies. The cultural approach to the Study of Science. En Handbook of Science and Technology (pp. 140-196). California: SAGE publications.

  • Woolgar, S. (1991). Ciencia: Abriendo la caja negra. Barcelona: Anthropos.

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