¿Cómo entender los cambios conceptuales en la ciencia?

Por Camilo Duarte, septiembre 2020

Se puede decir, sin temor a equivocarnos, que la ciencia nos ha acompañado, al menos, durante toda nuestra historia moderna. Desde luego, esto no implica que se trate de la misma ciencia. La historia de la ciencia, como toda otra historia del conocimiento humano, no está exenta de cambios y transformaciones. Ya desde finales de la década de 1950 se popularizó la idea de que la ciencia está sujeta a profundas y diversas revoluciones, que en ocasiones han sido internamente coherentes, pero que también han sido causadas por procesos históricos más amplios y de otra índole (sociales, culturales, políticos, etc.). Este carácter dinámico de la ciencia, el hecho de poseer una historicidad immanente a su propio despliegue, tiene repercusiones para quienes hacen y estudian ciencia. Pues, si la ciencia es esencialmente dinámica y cambiante, ¿cómo pueden trabajar entonces los científicos sobre una base estable?

La ciencia, ciertamente, no rehuye la inestabilidad ni la incertidumbre que producen sus preguntas. Todo lo contrario. Las más de las veces, esta inestabilidad es la que motiva el uso de metodologías, instrumentación, técnicas y, en general, herramientas eficaces en la manipulación de fenómenos, orientadas a reducir el coeficiente de indeterminación y permitir la continuación de las marchas experimentales. En particular, empero, hay una herramienta que sobresale en la tarea de asegurar la continuidad y la unidad del trabajo científico: los conceptos. Las virtudes de los conceptos en ciencia son amplias: vehiculizan conversaciones y debates, expresan y permiten triangular resultados experimentales, inscriben descripciones teóricas, fijan objetos de estudio y, sobre todo, gracias a los conceptos la posibilidad de llevar a cabo una historia de la ciencia parece vislumbrarse con más claridad.

 

En principio, la continuidad en el uso de ciertos conceptos parece indicar una coherencia fundamental o de principio en el discurso científico. Sin embargo, esto no quiere decir que los propios conceptos se hayan entendido siempre del mismo modo. Tanto las significaciones como las funciones de los conceptos en la ciencia mutan incesantemente. Mientras algunos conceptos son totalmente desechados – como el concepto de “éter”, todavía operativo en la obra de Descartes, por ejemplo–, otros son retomados luego de haber sido desechados – como es el caso del concepto de “átomo”, cuya marcha inicia ya en la obra de Leucipo y Demócrito – y muchos otros se mantienen al costo de sufrir enormes y radicales alteraciones. Sabemos, por ejemplo, que hoy en día el concepto de “oxígeno” ya no designa la idea de generación de óxido, como originalmente pensó Lavoisier, sino un elemento químico entre otros, pero fundamental para la vida como la conocemos. Entonces, ¿qué asegura la legitimidad en el uso de conceptos que hayan sufrido transformaciones profundas? ¿Qué aspecto de la racionalidad científica, por así decirlo, hace que mantengamos un concepto o desechemos otro?

Estas preguntas han sido abordadas principalmente por dos estrategias filosóficas, populares en la literatura actual. Por un lado, la teoría descriptivista, defendida por autores como Scheffler (1967), que apela a la distinción entre el sentido y la referencia de un término planteada por Gottlob Frege. De acuerdo con esta teoría, los conceptos científicos sufrirían cambios de sentido, pero no de referencia. Esto equivale a decir que los conceptos científicos solo cambian en su modo de presentación, pero continuarían refiriendo a las mismas cosas u objetos. Por otro lado, la teoría causal de la referencia defendida por autores como Saul Kripke y Hilary Putnam. Según esta teoría, la referencia de los conceptos científicos está causalmente determinada por una relación entre una comunidad lingüística y los objetos a los que apunta la referencia. En el marco de esta teoría, los conceptos científicos son objetos que una cierta comunidad lingüística “bautiza” y, por tanto, reconoce y legitima al nombrarlos. De este modo, para la teoría causal de la referencia los cambios conceptuales tienen lugar al nivel de la relación lingüística que tiene una comunidad dada y que es mantenida en el tiempo con los ítems u objetos que estudia.

Con todo, ambas posturas parecen preocupadas de analizar el ámbito semántico del cambio conceptual en las ciencias, forzándonos implícitamente a desatender el ámbito de su aplicación concreta. Esta es justamente la perspectiva que la epistemología histórica busca reivindicar y que podemos encontrar en filósofos como Hasok Chang o Hans-Jörg Rheinberger. Para la epistemología histórica, los conceptos científicos obtienen su legitimidad y significado a partir de lo que podríamos llamar su operatividad experimental. En otras palabras, es posible sostener que, más allá de las transformaciones puramente teóricas o semánticas, los conceptos designan más bien una serie de resultados experimentales, siempre potencialmente iterables y constatables. Si volvemos al ejemplo del oxígeno, hallaremos que desde esta perspectiva su uso es completamente legítimo, pues los resultados experimentales que ponen en evidencia al compuesto químico son prácticamente los mismos, desde Lavoisier hasta hoy. Lo que cambió, entonces, no fue el ámbito de su aplicación, sino su presentación teórica.

Analizar los cambios conceptuales en ciencia según el criterio de la operatividad experimental tiene ventajas importantes. En primer lugar, nos permite abordar el cambio conceptual desde el ámbito de la aplicación y experimentación de los conceptos. Esta no es una contribución menor; desde fines de la década de 1970 que ha comenzado a ganar mucho terreno la idea de que la filosofía y las humanidades deben estudiar a la ciencia in situ, atendiendo a las dinámicas y prácticas específicas de laboratorio. Desde luego, esto implicaría que casos de producción científica local también podrán ser estudiados de acuerdo a este criterio y, lo que no es menor, desde una mirada filosófica y humanista, que se ocupe de algo más que la mera lógica de las proposiciones científicas.  En segundo lugar, el criterio de la operatividad experimental nos invita a tomar atención a lo que ocurre en las diversas etapas de la producción de hechos científicos, desde el diseño experimental al paradigma ya establecido, pero también desde la postulación a un proyecto de investigación hasta su desarrollo mediante prácticas de trabajo diario. Si esto es así, entonces la epistemología histórica y, particularmente, la idea de operatividad experimental nos podría ofrecer una herramienta muy útil para interpretar la historia de la ciencia a la luz de las transformaciones de algunos conceptos claves.

 

Referencias:

Chang, H. The Persistence of Epistemic Objects Through Scientific Change. Erkennen 75, 413–429 (2011). https://doi.org/10.1007/s10670-011-9340-9

Rheinberger, H.-J. (1997). Toward a history of epistemic things: Synthesizing proteins in the test tube. Stanford: Stanford University Press.

Scheffler, I. 1967. Science and Subjectivity. Indianapolis: Bobbs-Merrill

Weber, M. (2005) Philosophy of Experimental Biology. Cambridge: Cambridge University Press

Conicyt PIA SOC180039

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