Hebe Vessuri y la ciencia en el Sur

Por Nicolas Trujillo Osorio, 14 de agosto de 2019

En una entrevista, Hebe Vessuri comenta haber llegado casualmente a los estudios de ciencia, tecnología y sociedad. Terminado su doctorado en antropología en Inglaterra, partió a Venezuela para integrarse a la facultad de ciencias económicas y sociales de la Universidad de Caracas. Allí, relata Vessuri, descubrió el campo en el que hoy es pionera y pilar institucional. Su original investigación se enfocó en la producción de maíz en Venezuela y, desde allí, no dejó de contribuir a la comprensión de la ciencia en nuestra región.

 

Si fuera posible plantear en pocas palabras la tesis principal de Hebe Vessuri, esta sostendría que la ciencia es un fenómeno cultural y, por consiguiente, su desarrollo está permeado por la historia peculiar del continente. Esto quiere decir que el quehacer científico se compone de avatares políticos e institucionales tan propios de nuestra región que, si nos disponemos a analizarlos, no solo comprenderemos su actual escenario, sino también cómo la política y las instituciones determinan su porvenir

 

Por esto, Hebe Vessuri nos ha enseñado a observar las particularidades de la ciencia en el Sur. En el siglo XIX, la ciencia se implementó como una práctica colonialista, orientada a conocer, definir y manipular la producción agrícola y el intercambio económico entre continentes. Conforme surgieron los primeros espacios autónomos para la ciencia, esta no se libró de la impronta del Sur. ¿Cómo se desarrolla, entonces, una práctica del Norte en el Sur? ¿Cómo construir espacios para la ciencia desde posibilidades locales que, empero, respeten los estándares del primer mundo?

 

Todo parece indicar que la ciencia refleja aquí la paradoja de una modernidad a destiempo. No obstante, y pese a nuestro carácter periférico, no por ello la ciencia de la región ha quedado al margen del primer mundo. Al respecto, la interpretación de Vessuri sobre las estrategias políticas e institucionales de los científicos y científicas que trabajan desde la periferia es convincente.

 

Pese al conservadurismo de nuestra región, acostumbrada a seguir los parámetros tecnológicos y políticos de países desarrollados que lucen inalcanzables, el análisis etnográfico y social del quehacer científico ha mostrado que, la ciencia – por ejemplo, la medicina que observa lo local– suele iluminar problemas que carecen de referentes en el Norte.

Por otro lado, la falta de infraestructura y tecnología, tan propia de nuestra región, ha motivado a diversos científicos y científicas a realizar aportes teóricos en disciplinas emergentes o ya establecidas, como es el caso de la neurociencia o la ingeniería genética. En ambos casos, Vessuri enseña que lo local enseña a abordar escenarios altamente complejos, cambiantes e inéditos, que difícilmente podrían replicarse fuera de la llamada periferia. Y este punto es relevante, porque nos invita a pensar el quehacer científico más allá de la distinción tradicional entre ciencia básica y aplicada; ni una ni la otra, pues la investigación científica de frontera desde el margen no borra su huella local, que la fuerza a inventar formas de sobrevivencia en la fábrica internacional de producción de conocimiento. En Chile, por cierto, abundan casos como estos: la neurofisiología de las cucarachas de Joaquín Luco, la investigación de canales iónicos de Ramón Latorre, la investigación del calcio de Cecilia Hidalgo o la sincronización neuronal en percepción activa de Pedro Maldonado, son algunos de estos ejemplos.

 

Gracias a estas investigaciones, Vessuri defendió además una idea que aún parece controversial, a pesar de su necesidad en la comunidad actual de la región. Si la ciencia depende de condiciones locales, es necesario entonces definir estas condiciones, tanto para intervenirlas como para mejorarlas. En este sentido, las ciencias sociales y humanas son fundamentales. Su perspectiva científicamente informada y sus prácticas empíricas y conceptuales permiten analizar las necesidades, los problemas y las ventajas de una región, en vistas del diseño de políticas nacionales coherentes y robustas, que fortalezcan el cultivo de la práctica científica. Si consideramos que Vessuri planteó este dictum en los ochenta, ya es hora de situarlo en el horizonte tecno-científico de nuestra realidad.

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